Cuando uno se quiere sentir estúpido, lo es.
Pero no es que quiera sentirme estúpida, soló que simplemente lo soy. Cuando creo que ya no hay mas sentido seguir desarrollando mi examen, me siento estúpida. Como si en el aula todo fuera un mar de confianza y en mi alrededor un abismo de locura.
Subir mi mano, ponerla contra la luz intentado encontrar los fotones, donde ni siquiera aparecen a saludarme más que miles y miles de microorganismos que se encuentran en el ambiente.
La luna tan clara y bella. Apena y lograba distinguirla entre las hojas de los árboles que se tiñen de rojo sangre a los últimos días de octubre y caen como si no tuvieran otra opción, soló caer.
Pienso, ¿qué debo hacer? De verdad quiero ayudar, pero a veces el frío de mi alrededor me hace olvidar y soló pensar en como debo calentarme y en donde refugiarme. Debería ser fuerte para luchar contra el viento gélido del valle, pero eso es demasiado para mi delgada piel.
Tiene tiempo que no escribo, no escribo con metáforas, ya no escribo nada. Ni siquiera se escribir. Mis palabras ya no tiene sabor, es decir, son insípidas.
Siempre fui pésima en español, la redacción nunca quiso ser mi amiga, jamás aunque yo lo intentará y me golpeara el cerebro, mis intentos no sirvieron. Siempre fui mala para todo eso. Jamás he sido buena en nada.
Siento como mi barco de papel se hunde en aquél mar de perfeccionismo que me rodea, pero aunque eleve la vela más alto y tire el peso que hay en el barco y se vuelva más ligero, me veo arrollada por una grandísima ola, o quizás un tsunami. Entonces es cuando el fondo de papel se rompe, como cuando me rompo a llorar.
Me vuelvo papel, frágil y transparente.

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