Afortunadamente hay lugar donde sentarse.
Los audífonos retumban en mis oídos, la canción famosas por temporadas suenan, y la voz agradable del locutor es muy dulce. Creo que va a llover, es un día caluroso pero nublado, me gustaría que granizará, tiene tiempo que no veo granizar o jugar con las esferitas de hielo que caen como balas.
De un momento a otro todo se vacía. Absolutamente todo. Sólo quedamos él y yo.
- Va hasta Cuitláhuac ¿verdad?- pregunté.
-Sí- y me miró con esa morbosidad que odio de los hombres.
Donde estaba sentada podía ver mi rostro, y mis labios y uñas rojas. Mi cabello suelto, y mis ojos con el delineador oscuro arriba de la pestaña.
Me dije- una viva imagen de una puta-.
Siguió avanzando, no quise darle prioridad a mi paranoia. Aunque esa alarma no dejaba de retumbar diciendo- Bajate aquí, bajate aquí.
Sólo estaba a unos metro mi destino. El camión se detuvo. Me asusté. Sólo miraba por el retrovisor.
Decidí bajar.
-Bajan por favor- dije, con una calma, como si no tuviese angustia en mi mente.
El sólo miró por el retrovisor, dio una risa maliciosa, y tardó en activar el botón que con una fuerza mecánica abre la puerta de bajada.
Me asusté, y caminé sin voltear.
Afortunadamente había tráfico.
Donde quedo esa fuerza que tengo cuando escuchó agonías atroces.
Pero... mi imagen dice mucho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario